La historia de los tacones que Marilyn Monroe encargó a medida a Salvatore Ferragamo (y de los que nunca se separó)

Marilyn Monroe habría cumplido 95 años este martes 1 de junio. Pese a que abandonó el Olimpo de las colinas de Hollywood para ocupar su sitio en el firmamento de las estrellas eternas hace prácticamente seis décadas (4 de agosto de 1962), la sombra de su imagen todavía es alargada. Para exhibe, las identidades de las cantantes Madonna o Marta Sánchez, construidas basándose en la melena oxigenada de la actriz.

El personaje principal de Los caballeros las prefieren rubias dejó a su paso un nutrido número de estilismos que bien merecen un reconocimiento —como el refulgente vestido cava de Jean Louise con el que le cantó Happy Birthday al presidente John F. Kennedy o el Norman Norell de lentejuelas esmeraldas que llevó a los Globos de Oro, asimismo exactamente el mismo año de su muerte,—pero este aniversario caemos rendidos a los pies de Norma Jeane Mortenson.

Es difícil imaginarse en los zapatos de la californiana. Su biografía, cosida a episodios traumáticos, es argumento suficiente para rodar una película, precuela y secuela dentro, de premio Oscar. ¿Pero de qué manera eran, literalmente, los zapatos de Marilyn? Raramente, este símbolo de la civilización de Norteamérica —con sus luces y sus sombras—escogió a un italiano para que le confeccionase su zapato perfecto.

Monroe calzaba un 37 y medio. Un pie pequeño para sostener su 1,66 metros de altura. Molesta por tener que debatirse entre llevar la extremidad atrapada en un número menor o suelta envuelta en uno superior, le encargó a Salvatore Ferragamo una horma a la imagen y semejanza de su pie.

Rondaba el año 1955. Contenta con el resultado, la norteamericana no volvió a confiar en otra firma, tanto dentro como fuera del set de rodaje. Para la protagonista de Niágara era fundamental caminar cómoda, tanto que llegó a declarar: “dale a una mujer un buen par de zapatos y conquistará el mundo”. El modelo se creó en única para ella y todavía se siguen vendiendo.

La anécdota recuerda al comienzo del desenlace de la Cenicienta, pero al revés. No fue el príncipe el que buscó el pie único para el zapato de cristal, sino que fue la princesa la que se procuró las mañas para localizar el modelo perfecto para cubrir todas y cada una de las necesidades de sus pies cansados. Su filosofía de vida era fácil: “vivo para ser feliz, y no para complacerte a ti o a otros”. A pesar de que el de Bonito interpretó al hada madrina en este cuento, las dos estrellas jamás se vieron las caras. Marilyn jamás viajó a Florencia, base de la compañía de zapato artesano de Salvatore, ni Ferragamo la visitó en Los Ángeles.

La intérprete de La tentación vive arriba, demandaba siempre y en todo momento exactamente el mismo modelo, un salón con tacón de aguja de diez centímetros de prominente. La leyenda cuenta que Monroe también le fue fiel al perfume Chanel Nº 5 de la casa francesa hasta su último aliento. Que el diseño siempre y en todo momento fuera el mismo, naturalmente, no supone que no se le antojasen diferentes colores y materiales. Greta Garbo o Audrey Hepburn, el opuesto estético de Marilyn en la década de 1950, también se calzaron en Ferragamo, que entre 1920 y 1927 trabajó en la costa Oeste estadounidense.

La colaboración entre zapatero y calzada no fue en absoluto circunstancial ni nimia, como la de otras tantas entre musa y artista en el mundo de la tendencia. En 2012, coincidiendo con el 50º aniversario de la muerte de Marilyn, el museo Salvatore Ferragamo de Florencia organizó una exposición-homenaje a la diva. La muestra, comisariada por Stefania Ricci y Sergio Risaliti, contó con 30 pares de zapatos y mucho más de cincuenta de vestidos de Monroe de los presumidos en vida por el icono pop.

Entre los pares confeccionados por el italiano destacan unos cubiertos de cristales de Swarovski en color carmín, los dorados en piel de cabritillo y los negros de ante de la cinta de 1955 When the wife is on vacation dirigida por Billy Wilder, los 2 pares bicolor en becerro y ante de Con faldas y a lo loco del mismo directivo y el de cocodrilo y ante zapato en exactamente la misma película. Sobresalen, entre los disfrutados en su historia personal, unos de raso azabache con adorno en el escote de strass blanco.

Salvatore Ferragamo distinguía entre tres personalidades de mujer, Cenicienta, Venus y aristócrata, según su planta. “Normalmente, la Venus es una mujer de enorme belleza, glamurosa y sofisticada. No obstante, bajo esa aura de brillo, se oculta un individuo hogareño, a la que le agradan las cosas mucho más sencillos. Dado que son dos especificaciones completamente opuestas, la Venus es una mujer incomprendida. La multitud la acusa de frívola y critica su amor por el lujo elevado”. El genio artesano parecía estar describiendo, únicamente, a la compleja Marilyn.

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